La generación de la tiza. Por Diana Galván

CRÓNICA

Por Diana Galván

Foto: Veroz Rosales.

La generación de la tiza

La silla del comedor se ha transformado en el nuevo espacio de trabajo de Noemí Hernández, una mujer de 56 años que, apasionada por su profesión como educadora, comenzó a laborar desde los 22 años; en aquel tiempo en el que las planeaciones de trabajo eran hechas a mano, la documentación realizada con máquina de escribir y las actividades lúdicas estaban encaminadas hacia otro tipo de costumbres.

Actualmente, con la computadora de frente, el monitor encendido y la mirada perpleja sobre el navegador, la maestra de preescolar se introduce al ciberespacio, un mundo desconocido ante sus ojos y, temporalmente, su nueva realidad. Y aunque progresivamente ella ya empezaba a suplantar la tinta por documentos en Word y las exposiciones en papel bond por presentaciones en PowerPoint, las clases en línea han significado un choque cultural y una ruptura de lo que, hasta los días de sesiones presenciales, conocía Noemí Hernández.

Su día comienza cuando el despertador suena a la misma hora, 7:00 de la mañana, y ella ya está de pie antes que el sol. Sube al comedor para preparar café y el desayuno, hasta aquel momento todo permanece normal, sin embargo, al pasar la degustación, su vida es otra. Ya no llega día con día al aula de clases, para guiar a sus pequeños por el primer eslabón de la educación, no realiza actividades recreativas ni ejercicios interactivos con los infantes.

En su lugar, esa rutina para Noemí se ha visto sustituida por un constante tono de celular, que anuncia la llegada de mensajes acumulándose en el WhatsApp, por múltiples dudas por parte de las madres y los padres ante las nuevas dinámicas de trabajo, conversaciones con las colegas intrigadas por el porvenir de su profesión, de momento, uno que otro audio protagonizado por una tierna voz diciendo “maestra la extraño mucho” y, diariamente, fotos tras fotos de los niños con sus tareas a manera de evidencia del progreso realizado desde casa.

Un giro radical a su cotidianidad, a razón del programa virtual “Aprende en casa ante COVID-19” que, desde aquel 20 de abril, fue puesto en marcha por el Gobierno mexicano en colaboración de la Secretaría de Educación Pública (SEP), en un desesperado intento por no dejar morir el ciclo escolar en curso. Hoy, el televisor y el internet se han convertido en los nuevos rostros de la enseñanza para estudiantes de los niveles básico y medio.

Sin embargo, el gran bache en el camino llega cuando la generación de la tiza, se topa de frente con la era digital. Porque estudiar pedagogía te brinda metodología y técnicas de enseñanza, laborar te instruye a interactuar con los niños. Pero lo que no consideró la vieja escuela, fue la llegada de la digitalización a la educación. Y ni los años de experiencia, ni las materias cursadas a lo largo de la carrera, aleccionaron a aquellos profesores sobre cómo utilizar classroom, zoom, hangouts, skype o de manera general, a cómo acoplarse a este nuevo contexto tecnológico.

Hasta estos momentos de crisis, la Maestra Hernández se comienza a familiarizar con plataformas nunca antes vistas, escuchadas ni utilizadas y comienza a insertar en su universo de sentido, palabras como inbox, cookie o drive, para continuar en el campo de batalla. Estos y otros tantos, son los retos que enfrentan diariamente, tanto Noemí, como cientos de maestros inexpertos en el uso de técnicas digitales.

Ahora tanto maestros, alumnos y padres de familia, no sólo se enfrentan a una pandemia mundial, sino que además tienen que afrontar la inevitable adaptación de las tecnologías de la Información, ante una nueva etapa que ha llegado a transformar y marcar la manera de dar clases.

Un cambio aparentemente sencillo para quienes son nativos de la tecnología, pero que, para aquellos docentes que crecieron con las formas tradicionales de enseñanza, significa una alteración paradigmática en su manera de ejercer la educación.

Una metamorfosis que Noemí acepta como un desafío, pero también como una emocionante oportunidad para explorar una realidad que, hasta los días anteriores al COVID-19, era un enigma.

Escuela. Foto: Veroz Rosales.

Esta crónica de Diana Galván fue una de las seleccionadas para conformar el libro Voces Aisladas. Almas unidas coeditado por AUNAM y Fotogrammas.

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